Una naranja vista por un diseñador

Una naranja vista por un diseñador

Nuestras profesiones y oficios hacen que veamos el mundo desde una óptica particular. Supongo que si eres médico y estás con una multitud tiendes a ver pacientes, o si eres abogado ves más problemas que el resto de los mortales. Un matemático ve el mundo como una arquitectura de números y un químico sintetiza el universo en la tabla periódica de los elementos. Todas estas visiones son ciertas pero ninguna es completa ni objetiva. Es nuestra condena por habernos convertido en seres especializados; un tributo a pagar.

Arte_como_oficioMe gusta mi profesión de diseñador gráfico porque me permite ver el mundo de una forma multidisciplinar y divertida. Nada objetiva, como las demás, pero muy atractiva y descomplicada. Me permite jugar con las formas, las proporciones, los colores, las sensaciones e incluso los olores para interpretar un mundo muy visual y cambiante. Somos en cierta manera aprendices de todo y maestros de casi nada. Pero mejor que explicárte yo cómo ve el mundo y los objetos un diseñador, te lo va a explicar Bruno Munari, uno de los grandes diseñadores europeos del siglo XX. El polifacético Munari es autor, entre un millón de cosas, de un pequeño pero esencial libro: “El Arte como Oficio” (Arte come mestiere – Laterza.1966 – ISBN: 8842052515, 9788842052517) en el que podemos leer esta fantástica descripción de una naranja vista por los ojos de un diseñador:

DESCRIPCIÓN DE UNA NARANJA
«El objeto está formado por una serie de continentes modulados en forma de tajada, dispuestos circularmente en torno a un eje central vertical, al cual cada elemento apoya su lado rectilíneo mientras que todos los lados curvos, vueltos hacia el exterior producen, en el conjunto, una suerte de esfera.

El conjunto de estas tajadas o gajos está envuelto en un embalaje bien caracterizado, tanto desde el punto de vista de la materia como el color: bastante duro en la superficie externa y revestido con un acolchado mórbido interior, de protección entre el exterior y el conjunto de los continentes. Todo el material es de una misma naturaleza en su origen, pero se diferencia oportunamente en cuanto a la función.
Cada continente, a su vez, está formado por una película plástica, suficiente para contener el jugo pero bastante maniobrable en la descomposición de la forma total. Cada gajo se mantiene unido por un adhesivo muy débil. El embalaje, cual hoy se hace, no ha de devolverse al fabricante, sino que se puede tirar.

Cada gajo tiene exactamente la forma de la disposición de los dientes en la boca humana, por lo cual, una vez extraído del embalaje, puede apoyarse entre los dientes y, con una ligera presión, romperlo y extraer su jugo. Los gajos contienen, además del jugo, pequeñas semillas de la misma planta que engendró el fruto: un pequeño homenaje que la producción ofrece al consumidor en el caso de que éste quisiera tener una producción personal de tales objetos. Obsérvese el desinterés económico de semejante idea, y, por el contrario, la ligazón psicológica que se forma entre consumo y producción: nadie, o muy pocos, se pondrán a sembrar naranjas, pero el ofrecimiento de esta concesión, altamente altruista, la idea de poderlo hacer, libera al consumidor del complejo de castración y establece una relación de confianza autónoma recíproca.

La naranja, por esto, en un objeto casi perfecto en el que se encuentra la absoluta coherencia entre forma, función y consumo. También el color es exacto; azul sería enteramente equivocado. 
La única concesión decorativa, si así puede decirse, es la búsqueda “matérica” de la superficie del embalaje, tratada como “piel de naranja”. Acaso para recordar la pulpa interna de los gajos. A veces, un mínimo de decoración, perfectamente justificado, puede ser admitido.»

→ Fragmento del libro: El Arte como Oficio. Bruno Munari.