Entró
en la casa,cuya primera pieza era una monumental cocina,en cuyo
fondo lucía el hogar,con su chimenea de campana y al frente
el vasar de arco,empotrado en la pared, con los estantes llenos
de loza rameada,y la pared toda cubierta de pailas de cobre,tapaderas
de barro,piñas de botellas vacías y pequeñas
estampas.
Detrás del portalón se escondían las labores
de esparto.En un testero campeaba sólo la cantarera con los
panzudos cántaros de barro,a cuyo lado,un jarrero,del que
colgaba una toalla blanca,ofrecía las alcarrazas rezumantes
para apagar la sed.
Unos cuantos posetes de pitaco,varias sillas de esparto,y una pequeña
mesilla de tabla,completaban el escaso mobiliario.
Tenía algo aquella estancia tan grande,con las paredes tan
decoradas y tan desguarnecida de muebles,de patio medroso y solitario.La
luz del candil,colgado del alero de la leja,no llegaba a esclarecer
los ángulos,en los que jugaban las llamaradas de la leña
y de los troncos quemados en el hogar con fantásticos contornos
de luz,entre el espesor delas sombras.
Aquella noche se habían encendido las luces de ánimas.Unas
vacilantes lucecillas que ardían dentro de una gran fuente
de barro azul y verde,llena de agua,sobre la que se tendía
una capa de aceite,que sostenía esas lamparillas de cartón
tan débiles que se han llamado mariposas.
La fuente estaba llena de lucecillas y cada una recordaba un nombre.Eran
una representación, una personificación de un muerto,que
hacían vivir y consumirse de nuevo.Allí ardía
la lucecilla del padre,de la abuela,de los hijos.La lucecilla de
los hermanos,de la novia muerta,del amigo o del vecino
Carmen de Burgos
(Colombine)
El último contrabandista Ed.Ramón Sopena ,p.11-13 |