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Dejamos
Turrillas, pasamos por Los Mojuelos y la Loma del Perro soportando
un sol inmisericorde que, como de costumbre, se esfuerza en derretirnos
o aplastarnos contra el suelo. Todo es aridez en derredor nuestro;
secos laderones, matas de esparto y un cielo centelleante que
no se podrá mirar hasta bien entrada la tarde. La naturaleza
abarca lo absoluto, el todo es un cúmulo de probabilidades
que quedan fuera de control, como las alucinaciones o los espejismos.
¡Dios, nos adentramos en los desiertos de Almería!
Hemos
llegado al caserío de Las Negras. Carboneras no queda lejos
de aquí. La playa es de arena fina y oscura, salpicada
por redondos guijarros. Al fondo, algunas barcas de pesca navegan
bajo espesos y blancuzcos nubarrones. Contemplo el mar después
de muchos meses, es una vista que siempre me ha impresionado por
sus contrastes; a veces, en los serenos atardeceres, adquiere
un tono perlático como en los cuadros de Corot; otras veces,
ondulante y parsimonioso; en otras, tal como lo veo en este momento,
violento y con olas encrespadas que se estrellan contra las abundantes
rocas de los acantilados. El paisaje resulta hermoso y agreste,
con solitarias y oscuras calas que muerden la costa hasta la Punta
de los Muertos.
Fragmentos
del libro En la tierra de Indalo,
de Manuel L. Acosta
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