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Y
es que cuando ya se ha vivido; cuando desde la cumbre de la
edad empieza uno a discernir sintéticamente el casuismo
de cada existencia humana y las vicisitudes generales de la
Historia, la mente se recrea en hacer la sinopsis de los montes
y las aguas; en ver, por ejemplo, dónde nacen los ríos,
cómo se enriquecen, qué fatalidades físicas
les trazan rumbo, por qué se convierten de vasallos en
señores y de qué manera fenecen en el piélago
insondable.
Adviértese entonces con
filosófica humildad que las aguas influyen en la estructura
de los montes casi tanto como los montes en el curso de las
aguas. Estas raen y rebajan las cumbres de los cerros con la
lima de las lluvias; los hienden y cortan en profundos barrancos;
desgastan sus laderas; horadan y derrumban sus diques para abrirse
camino; construyen colinas, deltas y barras con sus arrastres;
forman valles y cañadas a su paso, y determinan la condición
y aspecto de cada terreno, su aridez o su amenidad, su depresión
o su altura.
La
Alpujarra: sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia
Pedro Antonio de Alarcón
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La
Contraviesa
vista desde las sierra de Lanjarón |
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