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Allí
(habíame dicho en sustancia el amigo de las ruinas, y repitiome
luego la Madre Historia) acabó verdaderamente el gigantesco
poema de nueve siglos que empezó con la traición
de D. Julián y que juzgó terminado ISABEL LA CATÓLICA
con la toma de Granada; aquélla fue la Isla de Elba del
desventurado BOABDIL, desde su memorable destronamiento hasta
que se vio definitivamente relegado a los desiertos de la Libia;
allí permanecieron sus deudos y antiguos súbditos,
durante ochenta años más, legándose de padres
a hijos odios y creencias, bajo la máscara de la Religión
vencedora; allí estalló al cabo el disimulado incendio,
y ondearon nuevamente entre el humo del combate los estandartes
del Profeta; allí se desarrolló, lúgubre
y sombrío, el sangriento drama de aquellos dos príncipes
rivales, descendientes de Mahoma, que sólo reinaron para
llevar a un desastroso Waterloo el renegado islamismo granadino;
y allí fueron, no ya vencidos, sino exterminados, aniquilados
y arrojados al abismo de las olas, sus últimos guerreros
y visires, con sus mujeres y sus hijos, con sus mezquitas y sus
hogares, único modo de poder extirpar en aquellas guaridas
de leones la fe musulmana y el afán de independencia.
Prolegomenos
La
Alpujarra: sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia
Pedro Antonio de Alarcón
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