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amosa
qasida en elogio de Córdoba, que estaba en boca de todos los
andaluces con el título de El tesoro de la fantasía.
Empieza la qasida, a la manera de las antiguas poesías arábigas,
hablando con pena y deseo amoroso de las enamoradas ausentes, y en
seguida, y sin transición, hace el poeta el elogio de Córdoba,
su patria, lamenta el mal estado de los negocios, por lo cual tiene
que privarse de muchos placeres, y dice que por todas partes le aconsejan
que emigre y busque fortuna en países extraños; pero
él se resuelve decididamente a no abandonar la patria querida.
Toda la qasida, que no carece de interés, a pesar de lo defectuoso
de su composición, dice como sigue:
Dé muy lejos el saludo
llega a mí de mis queridas,
como suspiro del aura,
lleno de fragancia rica.
Sobre praderas de aromas
parece que se desliza,
las esencias recogiendo
de rosas y clavellinas.
Dentro de mi pecho infunde
nuevo espíritu de vida,
y mi muerto corazón
para el amor resucita.
Este espíritu suave,
que ellas de lejos me envían,
de la profunda tristeza,
de los pesares me alivia.
Mil amorosos recuerdos
pasan por el alma mía,
cual sobre arena candente
la fresca y húmeda brisa.
Como manso viento lleva
hojas del árbol caídas,
mi corazón arrebatan
las pasadas alegrías;
y me embriagan cual vino,
y todo mi ser agitan,
y despiertan esperanzas
por largo tiempo dormidas.
El perfume de tu amor,
¡oh hermosa! el alma respira,
y cuando te llora ausente,
verte otra vez imagina;
y vuela, el rastro oloroso
tomando siempre por guía,
porque el ansia de lograrte
nuevamente la domina.
De tu aérea vestidura
tocar anhelo la fimbria,
y de lágrimas y besos
enamorados cubrirla.
Arrastro sobre esta tierra
mis penas y mis fatigas,
sin tener consuelo alguno
mi negra melancolía.
Corro del valle de Akik
a la Ruzafa magnífica
(sólo al mentar estos nombres,
De repente mis mejillas
con lágrimas se humedecen);
ya mis pasos se encaminan
al prado de Addun, al claustro,
a la fúnebre capilla,
o a la puerta de aquel hombre
poderoso, que me brinda
con su vino y su amistad,
que siempre son mi delicia.
Alá le guarde y proteja,
y me conceda la dicha
de poder verle y hablarle
todo el tiempo que yo exista.
A la puerta de Damasco
no quiero hallarme en la vida;
ir a regiones extrañas
mi pensamiento no ansía.
El que su patria abandona,
no bien ausente se mira,
arrepentido lamenta
su arrebatada partida.
¿Qué alcanza ni qué consigue
el que mucho peregrina?
Ganar tal vez con trabajo
su sustento solicita;
pero ¿qué saben los hombres
de lo que Dios determina?
Quien emigrar me aconseja,
con mayor razón podría
aconsejar a un eunuco
el ser padre de familia.
Mi salud en este mundo
y en el otro aquí se cifra;
por nada la deliciosa
Córdoba yo dejaría.
Grande es la ciudad; del río
las ondas son cristalinas;
verde espesura, jardines
y flores bordan su orilla.
Para vivir siempre en Córdoba
más que Noé viviría.
De Faraón los tesoros
déme la suerte propicia
para gastarlos en vino
y en cordobesas bonitas,
ojinegras, cariñosas,
que a dulces besos convidan.
Mas, ¡ay! que debo quejarme
de la fortuna maldita,
que con pobreza y cuidados
de continuo me atosiga.
Jamás alcanza mi mano
a donde alcanza mi vista.
Menos que yo valen otros,
y llegan a donde aspiran.
Entre desdichas tan crudas
es la más cruda desdicha
tener, como un pordiosero,
la bolsa siempre vacía,
y de caprichos de rey
la imaginación henchida.
A contemplar no me atrevo,
de Yabrin en las colinas,
a las esbeltas mujeres,
cual las anémonas lindas.
Al verme tan angustiado,
me dicen muchos: Emigra;
y yo respondo: Lo haré,
cuando no esté de la viña
colgado mi corazón;
cuando el aura matutina
con el aroma del mirto
no dé a mi pecho alegría;
cuando los cantares odie
y las redondas mejillas,
como la granada rojas,
y no exciten mi codicia
las pomas de amor fragantes,
que blandamente palpitan.
Para evitar la miseria
trabajaré noche y día;
haré esfuerzos por lograr
una suerte más benigna;
mas no pretendáis de mí
que deje la patria mía;
al caballo de viaje
no pondré jaez ni brida.
Muy sano es vuestro consejo,
mas permitid no le admita;
no puede el alma sufrir
que otros en mi casa vivan.
Quiero ser fiel a mi patria,
aunque me dio poca dicha,
aunque en ella mis deseos
y voluntad se marchitan.
En ella apenado vivo,
y con desprecio me miran;
mas no he de ver otras tierras
y gentes desconocidas.
«Viene a medrar con nosotros
este extranjero», dirían,
mis frases más amistosas
pagando con invectivas;
«lejos de aquí; sólo agradas
si de delante te quitas;
tu presencia me es odiosa
y me despierta la ira».
¡Oh amorosos ojos negros!
¡Oh mujeres peregrinas!
No es para mí vuestro amor;
me atrevo apenas la vista
a tender hacia vosotras;
tanto la inopia me humilla.
Y tú, vino del convento,
confortadora bebida,
para gustarte a menudo,
dinero se necesita.
¡Oh Tú, que con decir «sea»,
cuanto hay en el mundo crías,
ve que en Córdoba me quedo
en necesidad grandísima;
poderoso y grande Alá,
en ti mi alma confía!
Poesía
y arte de los árabes en España y Sicilia
Capítulo IX. "Poesías varias"
Adolf Friedrich von Schack ; traducido del alemán por Juan
Valera
Fuente:
http://www.cervantesvirtual.com
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