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«Había
en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer
encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto
no muy liviano, y, en topando algún perro descuidado, se le
ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el peso.
Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no paraba
en tres calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó
la carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho
su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó
el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo, asió
de una vara de medir, y salió al loco y no le dejó hueso
sano; y cada palo que le daba decía: ''Perro ladrón,
¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi
perro?'' Y, repitiéndole el nombre de podenco muchas veces,
envió al loco hecho una alheña. Don
Quijote de la Mancha |