el
jardín privado de los Romero de Torres me llamó la atención
su atmósfera recoleta, el que se hubieran respetado los cipreses
a pesar de que, con sus raíces, destrozaban los alcorques, levantaban
losas y desarmaban una fuente. También me sorprendió la
abundancia de restos arqueológicos romanos, ibéricos, árabes;
por los rincones asomaban capiteles califales de avispero, basas romanas,
algún ánfora, cerámica antigua granadina, azulejos
del XVI.Al hermano del pintor, don Enrique, le conocí poco después, y me pareció una persona merecedora de respeto: amaba Córdoba y la defendió hasta su muerte de los desmanes municipales, tolerados (como comprobaría más tarde, ya afincado en la ciudad) por los miembros de la inútil y complaciente Comisión de Bellas Artes, que teóricamente tenía como misión hacer lo que hacía don Enrique y ellos no. Arquitectos y contratistas lo detestaban: se presentaba en la obra en la que se estaba procediendo a la demolición y allí mismo, con sólo su fuerza moral, se oponía al derribo. Casa del Olivo Autobiografía de Carlos Castilla del Pino |
Visita el Museo de Julio Romero de Torres en la cordobesa Plaza del Potro