MARAVILLAS
DE LA BÉTICA
Fenelón, escritor francés de la segunda
mitad del siglo XVII, autor del Telemaco, ha situado en la Betica,
siguiendo textos de los antiguos, la patria de la autentica libertad,
el centro de la sencillez de las costumbres, el hogar de la honradez.
(Es un poco largo, pero es la descripción más
bella de Andalucía que he leido)
ecuerdo,
dijo Telemaco a Adoam, me habeis hablado del viaje que hicisteis a
la Betica después que salimos de Egipto: y como es un país
del cual refieren maravillas que apenas pueden creerse, os ruego me
digais si es cierto lo que dicen. Lo hare con gusto, respondió
Adoam, describiendoos aquel famoso país, digno de vuestra curiosidad
y superior a cuanto pública de él la fama: y al momento
comenzó a hablar de esta suerte.
Corre el Betis por un suelo fértil, y bajo un cielo despejado
y siempre sereno: el país ha tomado el nombre del caudaloso
río que desagua en el Océano, muy cerca de las columnas
de Hércules, y del sitio en donde rompiendo sus diques el furioso
mar separó en otro tiempo la tierra de Tarsis de la gran África.
En aquel país se han conservado, al parecer, las delicias del
Siglo de Oro. Son templados alli los inviernos, y nunca soplan los
fuertes aquilones. Mitigan el ardor del verano los frescos céfiros
a la hora del mediodia; de modo que todo el año es un feliz
enlace de otono y primavera. En los valles y campiñas produce
la tierra dos cosechas al año; los caminos están poblados
de laureles, granados, jazmines y otros árboles siempre verdes
y floridos; pacen en las montañas rebaños numerosos
que producen finas lanas, estimadas de todas las naciones conocidas;
encuéntranse allí muchas minas de oro y plata; más
aquellos naturales sencillos y felices en la sencillez, miran con
desprecio estos metales sin querer contarlos entre las riquezas, porque
só1o dan estimación a las cosas que sirven verdaderamente
a las necesidades del hombre.
Cuando comenzamos a comerciar con ellos, encontramos la.plata y el
oro destinados a iguales usos que el hierro: por ejemplo, para rejas
de arado, pues no habiendo ningún comercio exterior no necesitan
especie alguna de moneda. Casi todos ellos son labradores o pastores;
hay pocos artesanos, y sólo cultivan aquellas artes útiles
a las verdaderas necesidades, y aun no dejan todos de ejercitar las
que son a su vida sencilla y frugal como dedicados a la agricultura
y ganadería.
Elaboran las mujeres aquella hermosa lana, de la que fabrican telas
finas de maravillosa blancura; hacen el pan y preparan los demás
alimentos, siéndoles fácil este trabajo porque se alimentan
de frutas o de leche, rara vez de carnes. Destinan las pieles del
ganado lanar a su calzado y al de sus esposos e hijos: construyen
tiendas, unas de pieles enceradas y otras de corteza de árbol;
elaboran y lavan los vestidos de la familia manteniendo el orden interior
en las casas, y conservando en ellas admirable aseo. Las vestiduras
son fáciles de hacer, porque en aquel suave clima usan un ropaje
de tela fina y ligera sin forma de talle, que cada cual distribuye
en pliegues alrededor de la cintura, dándoles la forma que
más les agrada.
Además del cultivo de la tierra y de la custodia de los ganados,
no se ejercitan los hombres en otra cosa que en trabajar el hierro
y la madera: y aun no se sirven del primero sino para los instrumentos
necesarios a la labranza. Las artes relativas a la arquitectura les
son inútiles, pues no edifican casas; porque es, dicen, adherirse
demasiado a la tierra establecer una morada mucho más duradera
que la vida, y basta estar al abrigo de la inclemencia de las estaciones.
En cuanto a las demás artes, tan estimadas entre los griegos,
egipcios y otros pueblos civilizados, las detestan como invenciones
de la vanidad y de la molicie.
Si les hablan de los pueblos que poseen el arte de construir opulentos
edificios, de alhajas de oro y plata, de telas adornadas con bordaduras
y piedras preciosas, de perfumes exquisitos, manjares delicados, o
de instrumentos cuya armonía encanta, oid su repuesta: jCuan
desdichados son esos pueblos que han empleado tanto trabajo e industria
para corromperse! Lo superfino enflaquece, embriaga, atormenta al
que lo posee, e incita a los que se ven privados de ello para que
procuren adquirirlo por medio de la violencia e injusticia. ¿Puede
nombrarse una sola cosa de las superfluas que no contribuya a pervertir
al hombre? ¿Son por ventura los naturales de esos paises más
sanos y robustos que nosotros? cViven acaso más largo tiempo,
o están más unidos entre sí? ¿Gozan más
libertad, viven más tranquilos y contentos? Por el contrario,
deben, sin duda, vivir con más rivalidad entre si, corroidos
por la negra e infame envidia, agitados siempre por la ambición,
por el terror y la avaricia, y desconocen los placeres puros y sencillos,
pues son esclavos de tantas necesidades ficticias en que hacen consistir
su felicidad.
Asi hablan, continuó Adoam, aquellos hombres cuerdos, que han
llegado a serlo estudiando a la naturaleza. Inspirales horror nuestra
cultura, y debe confesarse que no es inferior la suya, a pesar de
la apreciable simplicidad en que viven reunidos todos sin división
alguna de sus tierras y gobernada cada familia por el jefe, que es
un verdadero rey. El padre de familias tiene derecho a castigar a
cualquiera de sus hijos o descendientes cuanto ejecuta alguna mala
acción, pero antes de ejercer su autoridad debe oir el parecer
de toda la familia. Sin embargo, tales castigos tienen lugar pocas
veces, porque en aquella venturosa tierra hallan su mansión
la inocencia de costumbres, la buena fé, la obediencia y el
horror al vicio; y parece que Astrea, que suponen haberse retirado
al cielo, existe todavia oculta entre aquellos moradores. No han menester
jueces, porque les juzga su propia conciencia, y todos los bienes
son comunes entre ellos, porque las frutas de los árboles,
las legumbres y la leche de los ganados producen tan abundantes riquezas
que no tienen necesidad de dividirlas aquellos habitantes sobrios
y moderados. Errantes las familias, transportan sus tiendas de un
lugar a otro luego que han consumido los frutos o agotado los pastos
del sitio en donde habitaban. Por esta razón no tienen intereses
que defender unos contra otros, y se aman cual hermanos sin que nada
altere su amor; y esta unión, esta paz y libertad, es el resultado
feliz de no conocer las vanas riquezas y enganosos placeres, pues
todos son iguales.
No se encuentra entre ellos ninguna distinción, sino las que
provienen de la experiencia de ancianos sabios o de la sabiduria precoz
de los jóvenes que compiten con los consumados en la virtud.
Jamás se ha oido en aquel país favorecido de los dioses
la voz cruel e inficionada del fraude, de la violencia del perjurio,
ni menos de las guerras ni procesos, y jamás tampoco se vio
regada con sangre humana aquella tierra, pues apenas se derrama la
del inocente cordero. Cuando se les habla de batallas sangrientas,
conquistas rapidas o revoluciones de los estados que son frecuentes
entre otras naciones, no pueden contener su admiración. ¡Que!,
dicen ¿no están los hombres demasiado sujetos a la muerte,
sino que todavía quieren dársela unos a otros? ¡Cuan
corta es la vida! Sin embargo, al parecer, la consideran como de larga
duración ¿Acaso existen sobre la tierra para despedazarse
y hacerse mutuamente infelices?
Por lo demás no pueden comprender los pueblos de la Bética
por qué se admira tanto a los conquistadores que subyugan dilatados
imperios. ¡Qué locura es, dicen, fijar la felicidad en
gobernar a los demás hombres, cuando el hacerlo cuesta tantas
penas, si se les ha de regir con razón y justicia! ¿
Y por qué complacerse en gobernarlos a su pesar?, lo que puede
hacer el hombre sabio es sujetarse, mandar a un pueblo dócil,
cuyo gobierno le han encargado los dioses, o del que le suplican lo
haga como padre y protector; más gobernar a los hombres contra
su voluntad es quererse hacer desventurado por el falso honor de sujetarlos.
El conquistador es un hombre a quien los dioses, irritados contra
el género humano, han enviado a la tierra, en su cólera,
para asolar los imperios, para esparcir por todas partes el espanto,
la desesperación y la miseria, y para convertir a los hombres
en esclavos. El que ambiciona gloria, ¿no encuentra bastante
en regir con sabiduria a aquellos que los dioses han puesto a su cargo?
¿ creen que no pueden llegar a merecer elogios no siendo violentos,
injustos, altivos, usurpadores y tiranos de todos sus vecinos? Nunca
debe pensarse en la guerra sino para defender la independencia de
una nación, y feliz la que no siendo esclava de otra, carezca
de la loca ambición de dominarla. Esos grandes conquistadores,
que nos pintan cubiertos de gloria, son semejantes a los rios caudalosos
que saliendo de madre destruyen las campiñas fértiles
que deberían sólo regar.
Después que Adoam acabó de hacer la descripción
de la Bética, preguntóle Telemaco encantado varias cosas
curiosas:
¿Usan el vino, le dijo, aquellos naturales?
No cuidan de beberlo, contestó Adoam, porque jamás han
querido elaborarlo; no porque les falte la uva, pues ninguna tierra
la produce más delicada, sino porque se contentan con comerla
cual las otras frutas, teniendo al vino como corruptor de los mortales.
Es una especie de veneno, dicen, que pone furioso al hombre, y aunque
no le hace morir, le convierte en bestia, y bien puede conservarse
sin el la salud y el vigor, al paso que usándole se corre el
peligro de destruirla y olvidar las buenas costumbres.
Desearia saber, replicó Telemaco, que leyes arreglan los matrimonios
en aquella nación.
Nadie, contestó Adoam, puede tener más de una
esposa, y debe conservarla mientras viva. En aquel país depende
tanto el honor del esposo de su fidelidad para con la esposa, cuanto
en otros se hace consistir el de esta en su fidelidad a aquel, y jamás
pueblo alguno fue honrado ni mas celoso de la pureza. Allí
es el bello sexo agradable, pero sencillo; modesto y laborioso, y
los matrimonios pacíficos, fecundos e irreprensibles. Parecen
los esposos una sola persona en dos cuerpos diferentes, y se hallan
distribuidos entre ellos los cuidados domésticos. El esposo
arregla los exteriores, y dedicase la esposa a la economia interior,
aliviando a aquel y pareciendo no haber nacido sino para agradarle,
por cuyos medios adquiere su confianza, y lo embelesa menos con su
belleza que con su virtud, siendo tan duradero como su vida este verdadero
encanto de la sociedad conyugal. La sobriedad, la moderación
y las costumbres puras de aquellos naturales, les proporcionan una
vida prolongada y exenta de dolencias; pues se encuentran ancianos
de ciento y veinte años, que conservan todavía el vigor
y la jovialidad.
Réstame saber, volvió a preguntar Telemaco, por
qué medios evitan la guerra con los pueblos limítrofes.
La naturaleza, respondió Adoam, los ha separado de ellos
por el mar, y al norte por elevadas montañas, y los respetan
además a causa de su virtud. Discordes sus vecinos muchas veces,
los han elegido por arbitros de sus diferencias, y confiándoles
las posesiones o plazas que se disputaban, pues como aquella nación
sabia no causó violencia jamás, nadie desconfia de ella.
Excita su risa el oir que los reyes no puedan convenir en el arreglo
de las fronteras de sus respectivos dominios y dicen: ¿Podrán
temer falte la tierra a los hombres cuando existira siempre más
de la que puedan cultivar? Mientras haya terrenos libres e incultos,
ni aun quisiéramos defender los nuestros de los que intentasen
apoderarse de ellos. Entre los habitantes de la Bética no se
encuentra ni orgullo ni altivez ni mala fe ni deseo de extender su
dominación; por lo que jamás han inspirado temor a sus
vecinos, pues no pueden aspirar a ser temibles; así es que
los dejan vivir tranquilos, y aun abandonarían el país
que habitan o se entregarían a la muerte antes que tolerar
dominación extraña, por cuya razón ofrece tantas
dificultades el subyugarlos, cuanto son incapaces de subyugar a los
demás, y de todo ello resulta la profunda paz que reina entre
ellos y los pueblos limítrofes.
Termino Adoam este discurso refiriendo el modo de hacer su comercio
los fenicios en la Bética. Sorprendiéronse, continuó,
aquellos habitantes al observar que surcando los mares venían
de remotos países los extranjeros; pronto nos dejaron fundar
una ciudad en la isla de Gades, y nos recibieron bondadosamente e
hicieron partícipes de lo que poseian, sin querer recibir ninguna
recompensa; ofreciéndonos, además, libremente cuanto
les sobrase de sus lanas, despues de haber acopiado las necesarias
para su uso. Y en efecto, hicieronnos un rico presente de ellas, por
que se complacen en dar a los extranjeros cuanto les sobra.
Ninguna repugnancia tuvieron en abandonarnos la minas, pues eran inútiles
para ellos; pareciéndoles no ser cordura en los hombres arrostrar
tantas fatigas para ir a buscar en las entrañas de la tierra
lo que no puede hacerles dichosos, ni satisfacer ninguna necesidad
verdadera. No penetreis tanto, nos decían, en lo interior de
la tierra; contentaos con cultivarla y os dará bienes ciertos
para alimentaros; sacareis de ella frutos de más valor que
el oro y la plata; pues no aprecia el hombre estos metales sino en
cuanto le proporcionan los alimentos que sostienen su existencia.
Hemos intentado muchas veces enseñarles la navegación
y conducir a la Fenicia algunos jóvenes de aquel país,
pero nunca han querido que aprendiesen sus hijos a vivir como nosotros.
Contraerán, nos decían, necesidades de cosas que han
llegado a serlo entre vosotros; querrán tenerlas, y abandonaran
la virtud para procurarselas por malos medios, llegando a hacerse
semejantes al hombre que teniendo buenas piernas, y habiendo perdido
el hábito de andar, se acostumbra, al fin, a ser conducido
de un sitio a otro como impedido. En cuanto a la navegación,
la admiran a causa de la industria de este arte, pero la creen perniciosa.
Si teneis, dicen, en vuestro país lo suficiente de cuanto es
necesario en la vida, ¿que vais a buscar fuera de él?
¿Por ventura no os basta lo que da la naturaleza? Mereceriais
naufragar, pues buscais la muerte en medio de las tempestades para
satisfacer la avaricia de los mercaderes y lisonjear las pasiones
de los demás hombres.
Encantado escucha Telemaco este discurso de Adoam, y complaciase de
que todavía existiese un pueblo que siguiendo las leyes naturales
viviese reunido, sabio y dichoso. jOh!, exclamaba: ¡cuanto distan
sus costumbres de las vanas y ambiciosas de otros pueblos que se consideran
más sabios que ellos! Tan corrompidos estamos que apenas creemos
posible pueda ser cierta su natural sencillez; consideramos las costumbres
de aquel pueblo como una feliz invención, y ellos deben considerar
las fronteras cual un sueño monstruoso.
(Fenelon: Telemaco. Libro VIII.) Telémaco
"Las aventuras de Telémaco" es una
obra de circunstancias. En 1689, en efecto, Fenelon se convierte en
el preceptor de los tres hijos del Gran Delfín. Debe entonces
ocuparse de la educación del duque de Burgoña, el más
dificil de los tres. Es en la "Odisea" de Homero que Fenelon
encuentra su tema. He escogido su héroe, muy interesante para
su joven alumno, Telémaco, hijo de Ulises que emprende un viaje
peligroso con el fin de reencontrar su padre, que la ausencia amenaz
de cuasr graves desórdenes en el reino de Itaca.