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Cuesta del Bailío

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n siglo no corrige a otro; jamás se derriba lo construido: nunca se atreve la mano del hombre a la fatalidad consumada de las cosas.
Amontónanse, pues, hechos sobre hechos, vidas sobre vidas, pavesas sobre pavesas, polvo sobre polvo. Es decir, que lo muerto no se entierra; que la mugre no se barre; que lo que nace vive adherido a lo que ya pereció; que, levantando una y otra capa de ceniza, se encontrarían aún las raíces del primitivo Tetuán; que la humanidad aquí no debe ser representada por aquella vívida y simbólica serpiente que muda su piel de tiempo en tiempo, sino una especie de banco de moluscos, cuyas partículas están todas animadas, pero cuya suma es un pólipo sin vida.

Ahí tenéis la ciudad de Tetuán considerada en globo y por fuera. Si ahora fijamos rápidamente la vista en lo interior de sus casas, encontraréis algunas comprobaciones de todo lo que llevo asentado. Las casas de Tetuán recuerdan en su mayor parte las de Andalucía. Su planta y disposición son completamente idénticas. El centro del edificio lo ocupa el patio, dando luz a casi todas las habitaciones. En medio de él hay una fuente, y en torno de esta cuatro cenadores, formados por arcos o por columnas. Largas cortinas aíslan aveces uno o dos de estos cenadores, convirtiéndolos en dormitorios de verano. En el piso superior hay cuatro corredores, también descubiertos, y con barandas que dan al mismo patio.
El lujo de las casas principales consiste, sobre todo, en las puertas, en las ventanas interiores y en los techos, labrados exquisitamente con madera de varios colores, así como en los alicatados y mosaicos de que están revestidos los suelos, el tercio bajo de las paredes y los peldaños de las escaleras. Es muy frecuente que las grandes estancias, sobre todo las destinadas a las mujeres, reciban la luz por el techo y se dividan en dos partes, mediante una arcada o rompimiento de graciosos arcos de herradura. La parte anterior, o más próxima a la entrada, tiene pocos muebles. Desde los arcos para allá el piso forma un estrado, al que se sube por un escalón o dos, y allí está el diván, compuesto de mil lujosos colchoncillos, cojines, mantas y almohadones, que constituyen un vastísimo lecho. Desde la mitad de la pared hasta el suelo pende, alrededor de la habitación, una cortina de seda de colores, mientras que finísimas esteras de junco o ricos tapices de lana cubren el reluciente pavimento.

La mayor parte de las casas (aquí como en todo el universo) son pobres; quiero decir, que la gente acomodada está en minoría. Ya haremos detenidamente visitas especiales, y entraremos en pormenores más prolijos.

Ahora, para concluir con las interioridades de Tetuán que he podido ver en mi primer paseo, diré que sus viviendas tampoco han defraudado mis esperanzas. Los muebles, las cortinas, las alfombras, las alacenas, la vajilla, todo lo que he examinado, es auténtico y artístico; tiene un carácter oriental sumamente marcado; está lleno de inscripciones y alegóricas figuras geométricas, y corresponde perfectamente a todos los objetos moriscos que se conservan en nuestra España, como restos de la prolongada dominación agarena. El arte, pues, los oficios, las costumbres, todo lo que se refiere a la vida de los moros, sigue en aquel statu quo que constituye la esencia de su civilización. ¡Nada ha variado! ¡Nada ha progresado! ¡Nada ha cambiado, ni en la materia ni en la forma! Visitar a
Tetuán equivale a ver a Córdoba en el siglo XIII.

Pedro Antonio de Alarcón
Diario de un testigo de la Guerra de África

(Tomo segundo, Capítulo V)

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