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regeneración no llegaba a España por el Norte, con las hordas
de bárbaros, se presentaba por la parte meridional, con los árabes
invasores. Al principio eran muy pocos, y sin embargo, bastaban para vencer
a Ruderico y sus corrompidos próceres. El instinto de la nacionalidad
cristiana revolviéndose contra los invasores, el repliegue de toda
el alma española a los riscos de Covadonga para caer de nuevo sobre
el conquistador, era una mentira. La España de entonces recibió
con agrado a las gentes que venían de África; los pueblos
se entregaban sin resistencia; un pelotón de jinetes árabes
bastaba para que se abriesen las puertas de una ciudad. Era una expedición
civilizadora, más bien que una conquista, y una corriente continua
de emigración se estableció en el Estrecho. Por él
pasaba aquella cultura joven y vigorosa, de rápido y asombroso
crecimiento, que vencía apenas acababa de nacer: una civilización
creada por el entusiasmo religioso del Profeta, que se había asimilado
lo mejor del judaismo y la cultura bizantina, llevando además consigo
la gran tradición india, los restos de la Persia y mucho de la
misteriosa China. Era el Oriente que entraba en Europa, no como los monarcas
asirios, por la Grecia, que les repelía, viendo en peligro su libertad,
sino por el extremo opuesto, por la España, esclava de reyes teólogos
y obispos belicosos, que recibía con los brazos abiertos a los
invasores. En dos años se enseñorearon de lo que luego costó
siete siglos arrebatarles. No era una invasión que se contiene
con las armas: era una civilización joven que echaba raíces
por todos lados. El principio de la libertad religiosa, eterno cimiento de las grandes nacionalidades, iba con ellos. En las ciudades dominadas, aceptaban la iglesia del cristiano y la sinagoga del judío. La mezquita no temía a los templos que encontraba en el país: los respetaba, colocándose entre ellos sin envidia ni deseo de dominación. Del siglo VIII al XV se fundaba y se desarrollaba la más elevada y opulenta civilización de Europa en la Edad Media. Mientras los pueblos del Norte diezmábanse en guerras religiosas y vivían en una barbarie de tribu, la población de España se elevaba a más de treinta millones, revolviéndose y amasándose en ella todas las razas y todas las creencias, con una infinita variedad engendradora de poderosas vibraciones sociales, semejante a la del moderno pueblo americano. Vivían confundidos cristianos y musulmanes, árabes puros, sirios, egipcios, mauritanos, judíos de tradición hispánica y judíos de Oriente, dando lugar a los cruzamientos y mesticismos de mozárabes, mudejares, muladíes y hebraizantes. Y en esta fecunda amalgama de pueblos y razas entraban todas las ideas, costumbres y descubrimientos conocidos hasta entonces en la tierra; todas las artes, ciencias, industrias, inventos y cultivos de las antiguas civilizaciones, brotando del choque nuevos descubrimientos y creadoras energías. La seda, el algodón, el café, el papel, la naranja, el limón, la granada, el azúcar, venían con ellos de Oriente, así como las alfombras, los tisúes, los tules, los adamasquinados y la pólvora. Con ellos también la numeración decimal, el álgebra, la alquimia, la química, la medicina, la cosmología y la poesía rimada. Los filósofos griegos, próximos a desaparecer en el olvido, se salvaban siguiendo al árabe invasor en sus conquistas. Aristóteles reinaba en la famosa Universidad de Córdoba. Nacía el espíritu caballeresco entre los árabes españoles, apropiándoselo después los guerreros del Norte, como si fuese una cualidad de los pueblos cristianos. Mientras en la Europa bárbara de los francos, los anglonormandos y los germanos el pueblo vivía en chozas y los reyes y barones anidaban en castillos de rocas ennegrecidos por las hogueras, comidos por parásitos, vestidos de estameña y alimentados como los hombres prehistóricos, los árabes españoles levantaban sus fantásticos alcázares, y, como los refinados de la antigua Roma, reuníanse en los baños para conversar sobre cuestiones científicas o literarias. Si algún monje del Norte sentía la comezón del saber, venía a las universidades árabes o las sinagogas judaicas de España, y los reyes de Europa se creían salvos en sus enfermedades si, en fuerza de oro, podían proporcionarse un médico hispánico. LA CATEDRAL Vicente Blasco Ibáñez |